Debates televisivos

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martes, 2 de octubre de 2012

Otra víctima más de los reality show

Por Ana Alejandre


La victima y el homicida
            La peligrosidad que suponen los reality show para los propios participantes es demasiado conocida, ya que se cumplen en estos espectáculos televisivos el viejo refrán que afirma que “el que juega con fuego termina quemándose”. Y lo peor, en estos casos, es que quien enciende el fuego es la misma persona que termina siendo devorada por las llamas que provocó.
En el caso que ahora se comenta, la víctima es una joven de 19 años, Ruth Talías Sayas, que murió asesinada por su novio, después de participar en un programa llamado “El valor de la verdad”, de una cadena de televisión peruana, aunque mejor sería decir “el precio de la verdad”, ya que una cosa es el valor intrínseco de algo y, otra, es el precio de aquello que se compra en el mercado, por lo que no son sinónimos casi nunca dichos conceptos. Este programa es similar al de Tele 5, "El juego de tu vida".
El asesinato se produjo al revelar la víctima en dicho programa, el pasado día 7 de julio, que había ejercido la prostitución en algunas ocasiones, en presencia de sus atónitos padres que desconocían tal hecho y de su ex novio que asistía como invitado al estudio y que permaneció impasible oyendo las declaraciones de su ex pareja, que ganó en dicho programa 15.000 soles, equivalentes a 5.680 dólares. En este espacio televisivo los concursantes responden a preguntas sobre su intimidad personal y la veracidad de sus respuestas la decide un polígrafo, al que anteriormente se han visto sometidos en un acto previo al programa.
Dos meses más tarde de realizar dichas declaraciones ante las cámaras, la familia de la joven denunció ante la misma cadena de televisión la desaparición de la joven, lo que sucedió el pasado 11 de septiembre, señalando al ex novio como posible autor de dicha desaparición por las muchas llamadas que había recibido la joven antes de desaparecer. El sábado 22 de dicho mes, su ex pareja confesó haberla asesinado y señaló a la policía el lugar donde la había enterrado: un cerro de Jimacarca, en las afueras del este de Lima y en el que apareció sepultada bajo cemento y piedras.
Los hecho tuvieron lugar cuando el asesino,
Bryan Romero, la invitó al cumpleaños de su madre (del homicida) y allí la drogó, violó y estranguló. Parece ser que el motivo del asesinato fue que no le quiso dar la víctima la cantidad pactada entre ambos que ya no eran pareja y sólo hicieron el papel antes las cámaras, previo acuerdo de repartirse lo ganado en un porcentaje determinado.
Este caso que ha conmocionado a la opinión pública peruana, ha recordado también lo sucedido en Colombia con otro programa similar llamado “Nada más que la verdad”, que produjo un aluvión de críticas por lo que fue retirado de la emisión, en 2007, a raíz de que una participante declaró ante las cámaras que había contratado a unos sicarios para matar a una pareja.
                Todo esto pone de manifiesto, una vez más, que la privacidad, la vida íntima y personal de cada uno cuando se vende ante las cámaras por un puñado de dinero, más o menos alto, es como encender la mecha de un explosivo, por lo que éste detonará antes o después, pero lo hará seguro, trayendo problemas graves a quienes por necesidad económica, deseos de notoriedad, vanidad, o simple codicia, se prestan a contar sus miserias ante una cámara de televisión. Ponen así en las manos de otros, propios o extraños, una arma poderosísima como es la propia vida, con sus luces y sombras, que puede ser usada siempre contra quien la expone por un puñado de dinero ante la ávida mirada, la morbosidad y  curiosidad ajena que no siempre es inocente ni bienintencionada, y puede hacer pagar caro a quien vende sus vergüenzas, sus secretos personales y todo aquello que conforma la intimidad, la zona reservada que todo ser humano  quiere y debe tener para preservarla de las miradas ajenas, porque sólo de esa forma puede considerarse que es eso, la vida privada, la misma que cuando se hace pública hiere quien la expone, a sus allegados y quienes forman su círculo familiar y amistoso.
            Naturalmente, no se puede echar la culpa a las cadenas de televisión de tales hechos de tintes trágicos, pero quien pone al alcance de otros una arma cargada, aunque no la dispare, si es también corresponsable de tales resultados funestos, porque con su oferta de convertir cualquier vida, por anónima que sea, en una mero espectáculo de mejor o peor gusto, aunque suele ser mayoritariamente de mal gusto y escabrosidad, pone en peligro la vida de quienes por  ser demasiado confiados, por acuciante necesidad, o por ser excesivamente codiciosos y tener poco criterio y sentido del pudor, se convierten así en marionetas a las que les es muy difícil, casi imposible, resistir la tentación que supone vender su vida y poner al descubierto sus más turbios secretos, ante la posibilidad siempre engañosa de llevarse una importante cantidad de dinero; pero sin tener en cuenta que, por muy alta que ésta fuera, nunca le compensará los muchos problemas, sinsabores, disgustos, pérdida de respetabilidad, y demérito que sufrirá ante sus allegados cuando empiecen a saber todo aquello que debió quedar siempre oculto y que termina, al  conocerse públicamente, por romper relaciones sentimentales, matrimonios, familias y amistades, cuando no se rompe la propia vida de quien se vendió sin darse cuenta de que si el ser humano pierde su propia intimidad, su vida privada que debe cuidar con sumo celo, se está vendiendo y perdiendo a sí mismo, su propia dignidad, el respeto de los demás y, a consecuencia de ello, se ha vendido a sí mismo.
Lo peor de todo es que eso le ha servido para convertirse en pasto de todas las murmuraciones, sospechas, insinuaciones y maledicencia que no tendrá ya fin, porque una vez que un secreto se desvela, por nimio que sea, la rumorología, la malevolencia ajena hará que a ese secreto desvelado se sumen otros muchos inventados a los que nadie podrá desmentir y aclarar, ya que la  yesca que ha encendido la madera seca de la insidia, del deseo insaciable de buscar víctimas de la murmuración, fue accionada por la propia víctima de su deshonra, de su pérdida de respeto por parte de los demás, de su irremediable sentencia al deshonor y a ser apuntado por el dedo acusador de la “opinión pública”, siempre más dispuesta a señalar los vicios que las virtudes, los defectos que las cualidades; sobre todo cuando quien ha confesado  haber cometido algunos fallos en su vida, lo único que le ha dado son argumentos para que lo lapiden con el desprecio, la acusación de los hechos cometidos y otros inventados y la pérdida absoluta de respetabilidad.
Sin llegar a los extremos que ilustran el caso antes citado, hay que admitir que mal negocio hace quien se expone a ese monstruo de mil cabezas al que llamamos “opinión pública”, para tratar de contar los hechos de los que no se siente especialmente orgulloso quien los relata y que nunca deberían salir de la privacidad y, si se cuentan a los allegados, a quienes se les debe una explicación o una confesión, ésta sea sin cámaras y sin más testigos que quienes están unidos por lazos de afecto, de cariño y de lealtad.
Todo lo demás es un suicidio que, antes o después, se consumará, con la voluntad o no de quien ha vendido su intimidad por un puñado de dinero, el que no le resarcirá nunca de haber perdido su propia dignidad y respeto a sí mismo que se quebró el mismo día que se puso ante unas cámaras de cualquier reality show para convertirse en un bufón que  divierta a la mayoría de los espectadores con sus confesiones, mientras más escabrosas y morbosas sean, mejor. 
Cuando termina el programa es cuando empieza la verdadera función para quien se ha sentido protagonista por un momento,  creyendo que la función  ha acabado cuando se apagan las cámaras, porque a partir de entonces es cuando empieza,  verdaderamente, el espectáculo, el juicio popular, del que será siempre acusado y reo sin ningún derecho a ser defendido, escuchado y, mucho menos, declarado inocente.