Debates televisivos

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lunes, 29 de marzo de 2010

¿Telebasura o sociedad basura?



por Ana Alejandre

Hay un programa de gran audiencia (uno de los de máxima teniendo en cuenta a todas las cadenas) que es una demostración palpable de la vulgaridad, alienación, vaciedad de contenido, zafiedad, mal gusto y horterada a raudales y no puede ser otro con esas características que el dichoso “Sálvame” (normal y de luxe) -aunque el lujo sólo está en el nombre y no en la calidad del contenido y en los colaboradores que son analfabetos funcionales, en su gran mayoría, aunque hay excepciones deshonrosas protagonizadas por periodistas titulados y con gran experiencia que por un puñado de dinero y con una gran dosis de desfachatez aceptan participar en ese circo de estupidez, banalidad y mal gusto.
Al encontrar este programa siente, cualquier espectador medianamente sensato y con un poco de juicio, vergüenza ajena y ganas de apagar el televisor para siempre al comprobar lo que ofrece la cadena Tele5, experta en telebasura, y por eso es una de las que reciben una mayor audiencia, porque se hace aquí realidad la cínica frase que dice “al público hay que darle lo que reclama”, por lo que se le da bazofia y cuanto más lo sea, mejor, y así se tiene asegurada la audiencia y a los anunciantes que están dispuestos a pagar una cantidad exorbitante de dinero para que sus productos sean anunciados en esa banda horaria que tiene tan gran audiencia y tan alto costo. Naturalmente, la opción más inteligente es cambiar de canal inmediatamente, al oír los alaridos, los insultos, las descalificaciones, los gestos de tanta maruja y marujo cutres, asilvestrados y vociferantes que convierten al plató de televisión en un mercado, pero no de abasto, sino de “bastos”, porque parece estar toda la plana de colaboradores y colaboradoras salida de cualquier callejón maloliente en el que el putiferio, la mangancia, la miseria física y moral y la ignorancia deambulan a sus anchas, fuera de la ley y en el que impera sólo la ley del más fuerte o del “sálvese quien pueda”.
Aunque se tenga la posibilidad de cambiar de canal o de apagar el televisor y dedicarse a otras actividades muchos más enriquecedoras o menos embrutecedoras, lo que viene a ser lo mismo, no por ello deja cualquier espectador medio ( o sea, medio inteligente) que si esos programas subsisten y tienen tanto éxito es porque hay muchos, demasiados espectadores que reclaman bazofias semejantes para entretener la hora del café, mientras se toma el carajillo y se manda la inteligencia, la sensatez, el buen gusto y la propia estimación de espectador al carajo, por ver, soportar, tragar y digerir ese refrito de vulgaridades, lugares comunes, chismorreos, gestos obscenos, palabrotas, insultos y sandeces, todo ello con mucho público alrededor, muchas luces, mucha fanfarria y mucho escándalo y poca vergüenza y menos respeto al espectador, porque, al fin y al cabo, es el culpable de pedir que le ofrezcan semejante basura.
No puede quienquiera que vea ese engendro, y que tengo un mínimo de criterio, dejar de preguntarse si la sociedad en la que vivimos de verdad están tan loca, tan desmadrada y tan absolutamente perdida en el vacío de la falta de valores, de principios elementales, de respeto por sí misma para impedir que tales despropósitos salgan a la luz y lo ofrezcan como un espectáculo, cuando en el fondo no es más ni menos que una radiografía a todo color y con sonido incluido de una sociedad desquiciada, al borde de la ruina moral y económica que se debate en sus propias contradicciones, en su cobardía para reaccionar y tomar de nuevo el protagonismo que debe tener el conjunto de ciudadanos para exigir que se le ofrezcan programas y espectáculos dignos por los que no tenga que sentir vergüenza de verlos, o peor aún, de sentirse reflejados en él como una mala caricatura por su dejación, su apatía y incapacidad de reacción ante ese espectáculo denigrante que, lo veamos o no, nos debe avergonzar a todos porque no es más que la imagen de esta sociedad que ha perdido el norte y no sabe adónde va y está empezando a olvidar de dónde viene, y eso es lo más triste de todo.
¿Nos hará falta como ciudadanos que programas basura como Sálvame nos haga reaccionar, de una vez por todas, al ver en el azogue virtual del televisor la imagen distorsionada, pero veraz en su crudeza, en su amargo reflejo, de nuestra propia realidad, de la de todos, veamos o no esas bazofias televisivas?
¿O es que esta sociedad necesita estos programas para aturdirse con su miseria, con sus despropósitos, con su desvergüenza a flor de piel, con el descaro en el que todo vale si da audiencia, para así no pensar, no quedarse a solas en la propia sala y darse cuenta que al oír hablar de los amores y desamores de famosos y famosillos, de los adulterios, de las estafas, de las traiciones ajenas, ofrecidos como noticias y contenido de dichos programas que bucean en la mierda ajena, en los armarios cerrados, en las braguetas, para no tener así que pensar en la hipoteca que hay que pagar, en la mala relación conyugal o de pareja, en el trabajo que va y viene, si es que no se queda definitivamente en la cola del paro, o en la soledad alienante que mata silenciosa pero eficazmente a tantos seres en la llamada sociedad del bienestar?
Por eso, habría que preguntarse si la televisión que nos ofrecen es la que el público demanda, si la causa de este desmadre es la telebasura o es la sociedad la que está enmierdada, enfangada hasta las cejas, y por eso se ve y reconoce en dichos programas y los jalea porque no dejan de ser la propia imagen reflejada en el espejo social que es toda pantalla de televisor. Un espejo que siempre responde a la pregunta que le hace cada espectador al encenderlo y buscar un programa: “Dime espejito mágico, ¿cómo soy, cómo somos?
La respuesta no se hace esperar, porque nos la ofrece cada día en esos programas que sólo nos da lo que buscamos, lo que preferimos y lo que, entre todos, pagamos, pero no sólo con dinero, sino con la continua e indigna aceptación de que tenemos la televisión que nos merecemos, porque si la telebasura existe es porque la digerimos sin dificultad, la demandamos y en ella nos reconocemos, y ya se sabe que somos lo que comemos por la boca, por los ojos y por los oídos.
Por eso, esta sociedad del bienestar huele demasiado a mierda.