Debates televisivos

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viernes, 21 de diciembre de 2012

La televisión: fábrica de "nuevos talentos" literarios



Jorge Javier Vázquez en la presentación de su libro
                Nadie desconoce el gran poder publicitario que ofrece la televisión a toda clase de bienes y servicios  por  el gran alcance que tiene, aunque sólo es apta, por su alto coste, para empresas con una cierta capacidad económica para pagar cualquier anuncio, especialmente en determinadas franjas horarias y en programas de gran audiencia.
            Este alto valor publicitario no sólo afecta a los productos publicitados, sino también a quienes hacen televisión en cualquiera de sus modalidades: presentadores, colaboradores, invitados, etc., con independencia de si su imagen es agradable o desagradable, simpática o antipática, cercana o lejana a los espectadores, porque todos se benefician de esa carga publicitaria que ofrece el mero hecho de estar ante las cámaras para que su propia persona, con independencia de sus méritos, capacidad, conocimientos y titulación (si es que la tuviere) pasa a ser un recurso publicitario más y de gran eficacia, codiciado por las empresas que ven en cada famoso el mejor reclamo para sus productos a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero  que pagan para que el nombre del famoso  o popular aparezca asociado al producto que ofrece la empresa contratante que se beneficia así de la publicidad añadida y efectiva que aporta por sí mismo quien acepta dicha oferta de darle nombre  a los bienes o servicios en cuestión.
            De esta suculenta moda para sacar pingües beneficios de una publicidad que precede y se suma a la del producto que se ofrece, no se podía quedar al margen la industria editorial. Por ello, cada vez son más los famosos televisivos de todo pelaje: licenciados y analfabetos funcionales, profesionales de cualquier rama de actividad o simples advenedizos que se han ido haciendo populares sin hacer más mérito que ponerse delante de las cámaras de forma habitual; inteligentes y lerdos, decentes y vividores sin escrúpulos, que han empezado a publicar libros de su supuesta autoría, pero que son simples obras sin valor alguno,  supuestas biografías de  otros personajes más famosos o importantes, o  simples refritos hechos con retazos de varias obras, más o menos conocidas, sin permiso de los autores reales, lo que ha provocado, en más de una ocasión, un verdadero escándalo como el protagonizado hace unos años por Ana Rosa Quintana, cuando publicó "su" primera novela que resultó ser el burdo plagio de fragmentos  de novelas de escritoras famosas (Daniel Steel y Ángeles Maestretta, entre otras) lo que ocasionó la consiguiente demanda y que la obra fuera retirada a los pocos días de salir a la venta, aunque la famosa presentadora no había participado en dicho plagio nada más que en dar su consentimiento para que su nombre apareciera en portada a cambio de una millonaria cifra. A partir de entonces, parece que se le han quitado las ganas de intentar una nueva aventura " literaria", a pesar de que anunció, antes de que saltara el escándalo, que quería retirarse de la televisión para dedicarse a "escribir"...
            La lista ha ido aumentando, porque las editoriales se han dado cuenta del gran filón que representan las obras "firmadas" por famosos o simples habituales de la televisión, intentando así paliar esta industria el descenso en un 20% de bajada en las ventas, y ofreciendo al público poco conocedor de la literatura, de la verdadera, auténticos refritos que, por llevar en su portada el nombre del famoso de turno, cuentan de antemano con una previsión de ventas que no alcanza ningún Premio Nobel de Literatura, porque los compradores de dichas obras no eligen la obra por su valor literario, sino porque creen ingenuamente que lo ha escrito realmente quien figura como autor en su portada. Naturalmente, es el público bienintencionado y fans del nombre popular, aunque no sepa bien por qué lo admira, quien paga no sólo el precio del libro que, a pesar de  la época de crisis actual no  baja nunca de 18, 20 o más euros, sino que paga también la excesiva confianza e ingenuidad al creer que alguien que, si no es analfabeto total, lo es funcional o, cuando menos, no tiene el menor talento literario, ni conocimientos, ni tampoco capacidad para escribir dos folios seguidos, es el verdadero autor de dicho libro, y se convence, en su ciega admiración al personaje de turno, que la obra que ha comprado le va a ofrecer las delicias "literarias" de alguien que está tan ajeno a la literatura como el propio comprador de dicho fiasco.
            La lista de quienes publican "sus" obras crece cada día: Boris Izaguirre, Jorge Javier Vázquez, Maxim Huertas, María Teresa Campos, Carlos Sobera, quien para evitar que le sucediera algo similar a lo ocurrido a Ana Rosa Quintana, anunció sin ambages, hace años, que había cobrado 50 "kilos" (millones de pesetas) por poner su nombre en una obra en la que no había escrito "ni una coma", por citar sólo unos pocos. Al menos, algunos son periodistas, pero otros sólo son presentadores de televisión con mucha fama y más habilidad para llegar y mantenerse en la palestra, sin que nadie se expliqué cual es el motivo de su éxito, cuando hay muchos  excelentes profesionales del medio que están teniendo que rogar una pequeña colaboración en un programa, a las órdenes de quienes, sin tener mérito alguno demostrado y demostrable, son únicamente producto de la buena suerte, de ciertas influencias o de su habilidad de "trepas" profesionales y caraduras.
            El medio televisivo se convierte así, sin pretenderlo, en un agente literario espúreo que no descubre nuevos talentos literarios, sino sólo es el escaparate en el que se luce, reina, triunfa y crece la mediocridad, la incultura, la estulticia y la más absoluta falta de honradez, lo que propicia que los bienintencionados lectores, poco duchos en los menesteres literarios, se crean que una serie de personajes, con mayor o menor preparación pero sin talento literario, aunque con indudable sentido del oportunismo, se alcen con el título del escritor más vendido de la Feria del Libro, como es el caso de Boris Izaguirre, cuyo mérito televisivo más evidente ha sido lucir sus genitales en un determinado programa televisivo ya desaparecido.
            Ante un panorama así, hay que preguntarse a dónde va la cultura, no sólo literaria, de este país, sino la propia cordura de una gran parte de la ciudadanía que paga para que le engañen, le vendan una bazofia en forma de libro, y le tomen no sólo el pelo, sino también le tomen por tonto, para que puedan lucrarse una gran cantidad de listos que saben vivir del cuento.
           

martes, 2 de octubre de 2012

Otra víctima más de los reality show

Por Ana Alejandre


La victima y el homicida
            La peligrosidad que suponen los reality show para los propios participantes es demasiado conocida, ya que se cumplen en estos espectáculos televisivos el viejo refrán que afirma que “el que juega con fuego termina quemándose”. Y lo peor, en estos casos, es que quien enciende el fuego es la misma persona que termina siendo devorada por las llamas que provocó.
En el caso que ahora se comenta, la víctima es una joven de 19 años, Ruth Talías Sayas, que murió asesinada por su novio, después de participar en un programa llamado “El valor de la verdad”, de una cadena de televisión peruana, aunque mejor sería decir “el precio de la verdad”, ya que una cosa es el valor intrínseco de algo y, otra, es el precio de aquello que se compra en el mercado, por lo que no son sinónimos casi nunca dichos conceptos. Este programa es similar al de Tele 5, "El juego de tu vida".
El asesinato se produjo al revelar la víctima en dicho programa, el pasado día 7 de julio, que había ejercido la prostitución en algunas ocasiones, en presencia de sus atónitos padres que desconocían tal hecho y de su ex novio que asistía como invitado al estudio y que permaneció impasible oyendo las declaraciones de su ex pareja, que ganó en dicho programa 15.000 soles, equivalentes a 5.680 dólares. En este espacio televisivo los concursantes responden a preguntas sobre su intimidad personal y la veracidad de sus respuestas la decide un polígrafo, al que anteriormente se han visto sometidos en un acto previo al programa.
Dos meses más tarde de realizar dichas declaraciones ante las cámaras, la familia de la joven denunció ante la misma cadena de televisión la desaparición de la joven, lo que sucedió el pasado 11 de septiembre, señalando al ex novio como posible autor de dicha desaparición por las muchas llamadas que había recibido la joven antes de desaparecer. El sábado 22 de dicho mes, su ex pareja confesó haberla asesinado y señaló a la policía el lugar donde la había enterrado: un cerro de Jimacarca, en las afueras del este de Lima y en el que apareció sepultada bajo cemento y piedras.
Los hecho tuvieron lugar cuando el asesino,
Bryan Romero, la invitó al cumpleaños de su madre (del homicida) y allí la drogó, violó y estranguló. Parece ser que el motivo del asesinato fue que no le quiso dar la víctima la cantidad pactada entre ambos que ya no eran pareja y sólo hicieron el papel antes las cámaras, previo acuerdo de repartirse lo ganado en un porcentaje determinado.
Este caso que ha conmocionado a la opinión pública peruana, ha recordado también lo sucedido en Colombia con otro programa similar llamado “Nada más que la verdad”, que produjo un aluvión de críticas por lo que fue retirado de la emisión, en 2007, a raíz de que una participante declaró ante las cámaras que había contratado a unos sicarios para matar a una pareja.
                Todo esto pone de manifiesto, una vez más, que la privacidad, la vida íntima y personal de cada uno cuando se vende ante las cámaras por un puñado de dinero, más o menos alto, es como encender la mecha de un explosivo, por lo que éste detonará antes o después, pero lo hará seguro, trayendo problemas graves a quienes por necesidad económica, deseos de notoriedad, vanidad, o simple codicia, se prestan a contar sus miserias ante una cámara de televisión. Ponen así en las manos de otros, propios o extraños, una arma poderosísima como es la propia vida, con sus luces y sombras, que puede ser usada siempre contra quien la expone por un puñado de dinero ante la ávida mirada, la morbosidad y  curiosidad ajena que no siempre es inocente ni bienintencionada, y puede hacer pagar caro a quien vende sus vergüenzas, sus secretos personales y todo aquello que conforma la intimidad, la zona reservada que todo ser humano  quiere y debe tener para preservarla de las miradas ajenas, porque sólo de esa forma puede considerarse que es eso, la vida privada, la misma que cuando se hace pública hiere quien la expone, a sus allegados y quienes forman su círculo familiar y amistoso.
            Naturalmente, no se puede echar la culpa a las cadenas de televisión de tales hechos de tintes trágicos, pero quien pone al alcance de otros una arma cargada, aunque no la dispare, si es también corresponsable de tales resultados funestos, porque con su oferta de convertir cualquier vida, por anónima que sea, en una mero espectáculo de mejor o peor gusto, aunque suele ser mayoritariamente de mal gusto y escabrosidad, pone en peligro la vida de quienes por  ser demasiado confiados, por acuciante necesidad, o por ser excesivamente codiciosos y tener poco criterio y sentido del pudor, se convierten así en marionetas a las que les es muy difícil, casi imposible, resistir la tentación que supone vender su vida y poner al descubierto sus más turbios secretos, ante la posibilidad siempre engañosa de llevarse una importante cantidad de dinero; pero sin tener en cuenta que, por muy alta que ésta fuera, nunca le compensará los muchos problemas, sinsabores, disgustos, pérdida de respetabilidad, y demérito que sufrirá ante sus allegados cuando empiecen a saber todo aquello que debió quedar siempre oculto y que termina, al  conocerse públicamente, por romper relaciones sentimentales, matrimonios, familias y amistades, cuando no se rompe la propia vida de quien se vendió sin darse cuenta de que si el ser humano pierde su propia intimidad, su vida privada que debe cuidar con sumo celo, se está vendiendo y perdiendo a sí mismo, su propia dignidad, el respeto de los demás y, a consecuencia de ello, se ha vendido a sí mismo.
Lo peor de todo es que eso le ha servido para convertirse en pasto de todas las murmuraciones, sospechas, insinuaciones y maledicencia que no tendrá ya fin, porque una vez que un secreto se desvela, por nimio que sea, la rumorología, la malevolencia ajena hará que a ese secreto desvelado se sumen otros muchos inventados a los que nadie podrá desmentir y aclarar, ya que la  yesca que ha encendido la madera seca de la insidia, del deseo insaciable de buscar víctimas de la murmuración, fue accionada por la propia víctima de su deshonra, de su pérdida de respeto por parte de los demás, de su irremediable sentencia al deshonor y a ser apuntado por el dedo acusador de la “opinión pública”, siempre más dispuesta a señalar los vicios que las virtudes, los defectos que las cualidades; sobre todo cuando quien ha confesado  haber cometido algunos fallos en su vida, lo único que le ha dado son argumentos para que lo lapiden con el desprecio, la acusación de los hechos cometidos y otros inventados y la pérdida absoluta de respetabilidad.
Sin llegar a los extremos que ilustran el caso antes citado, hay que admitir que mal negocio hace quien se expone a ese monstruo de mil cabezas al que llamamos “opinión pública”, para tratar de contar los hechos de los que no se siente especialmente orgulloso quien los relata y que nunca deberían salir de la privacidad y, si se cuentan a los allegados, a quienes se les debe una explicación o una confesión, ésta sea sin cámaras y sin más testigos que quienes están unidos por lazos de afecto, de cariño y de lealtad.
Todo lo demás es un suicidio que, antes o después, se consumará, con la voluntad o no de quien ha vendido su intimidad por un puñado de dinero, el que no le resarcirá nunca de haber perdido su propia dignidad y respeto a sí mismo que se quebró el mismo día que se puso ante unas cámaras de cualquier reality show para convertirse en un bufón que  divierta a la mayoría de los espectadores con sus confesiones, mientras más escabrosas y morbosas sean, mejor. 
Cuando termina el programa es cuando empieza la verdadera función para quien se ha sentido protagonista por un momento,  creyendo que la función  ha acabado cuando se apagan las cámaras, porque a partir de entonces es cuando empieza,  verdaderamente, el espectáculo, el juicio popular, del que será siempre acusado y reo sin ningún derecho a ser defendido, escuchado y, mucho menos, declarado inocente.



miércoles, 9 de mayo de 2012

Biografías no autorizadas




Carmen Ordóñez en la boda de su hijo Francisco con la Duquesa de Montoro,

                La vida de los famosos se ha convertido en un productivo negocio para las cadenas de televisión, la llamada prensa rosa y los “comentaristas” de todo pelaje que viven a costa de explotar las intimidades de aquellos personajes del mundo de la farándula, el cine, el deporte o del toreo, sin olvidar a la aristocracia y al mundo de las finanzas.
                Todo el negocio montado a costa de exhibir públicamente, y muchas veces sin la autorización de los propios interesados que ven expuesta su vida íntima ante la vista de todos -mucho más que la profesional que parece no importar demasiado a quienes se lucran con ello-, está resultando un filón para los profesionales del llamado “mundo del corazón”, por lo que compiten las cadenas de televisión, las revistas del corazón (aunque habría que llamarlas más bien de las partes íntimas) y los propios periodistas –algunos de ellos titulados en Periodismo, lo que es poco frecuente, a pesar de lo conocido de algunos de los nombres que pululan por las televisiones con el marchamo de “periodistas”- convirtiéndose en feroces competidores que están dispuestos a conseguir a dentelladas, aunque sean morales, las últimas “noticias” por pueril que sea: operación de cirugía estética, viaje de vacaciones, estreno de casa o cambio de look del famoso de turno, lo que le supondría a unos y a otros ingresos cuantiosos y a los “comentaristas” de turno la renovación del contrato con la cadena de televisión con la que colabora en los programas de cotilleos en los que colaboran con tan importantes informaciones a debatir que ofrecen después altos índices de audiencia y fuertes ingresos publicitarios.
                El problema no existiría si siempre que un programa de televisión o revista ofreciera la biografía del corazón de cada personaje con la correspondiente autorización del mismo, pero no siempre es así, y de esta forma los responsables de dichas informaciones “biográficas” conculcan en muchas ocasiones el derecho a la intimidad, al honor y a la propia imagen de los biografiados en contra de su voluntad, hechos que propician muchas querellas ante los tribunales de quienes ven exhibida su supuesta intimidad sin su consentimiento y, lo que es peor, para muchos de ellos, sin el cobro de una suculenta suma de dinero que paliaría los perjuicios causados por las informaciones vertidas en dichos programas o noticias de la prensa.
                No hay que olvidar que “el mundo del corazón” mueve muchos millones de euros al año, y los protagonistas de las vidas biografiadas son los que, generalmente, no cobran nada por este concepto – a excepción de las exclusivas dadas a la prensa y en la que la información ofrecida está pactada previa y contractualmente-, y esto siempre es una fuente de indignación para los interesados que ven expuesta la mercancía de su vida a cambio de nada.
Isabel Pantoja y Julián Muñoz
                Programas como Hormigas Blancas, Enemigos íntimos, Salsa Rosa, e incluso La noria, todos ellos de Tele 5 que es una máquina de crear programas en los que prima la oferta de vidas expuestas y abiertas en canal, sin olvidar al también desaparecido Dónde estás, corazón cuyos colaboradores han pasado en gran parte a Tele 5 que ha fagocitado el contenido morboso de dichos programas, han recibido multitud de querellas por parte de los afectados por las informaciones vertidas en ellos, verdaderas o falsas, pero sobre todo porque la mercancía exhibida y vendida por dichos programas le proporcionaba beneficios sólo a sus productoras y los colaboradores de los mismos, pero no al propio interesado que se encontraba después con el trasero al aire delante de la opinión pública y sintiendo, además, que es siempre lo más difícil de aceptar y provoca sarpullidos mentales al comprobar que del pingüe negocio queda siempre al margen y con resultados negativos para su propia imagen.
Rocío Jurcal y Junior
                A nadie, por famoso o desconocido que sea, le gusta ver su intimidad expuesta ante la opinión pública, aunque la información sea cierta o no; pero los que viven de la imagen pública: artistas, deportistas, toreros, etc., son los más perjudicados cuando el público llega a conocer la verdad que se esconde detrás de un matrimonio aparentemente feliz y una familia bien avenida (caso de Rocío Dúrcal y Junior, por citar sólo uno), una vida armónica e instalada en el éxito y en la salud mental y física (Andrés Pajares y familia),  la verdadera personalidad de quien es conocida por ser la trágica figura de la viuda de un famoso torero reconvertida en una implicada en un turbio asunto de corruptela y amores oscilantes y escandalosos (caso de Isabel Pantoja), o la verdadera imagen de la figura quebradiza y frágil de quien se debatía entre los amores fracasados y tormentosos, a caballo entre los somníferos y la droga (Carmen Ordóñez).
                Naturalmente, hasta que los Tribunales sentencian si hay o no atentado al honor, la intimidad -cuando no también condenan  la existencia de calumnias e injurias en las informaciones ofrecidas a la luz pública-, ha pasado demasiado tiempo y los que ven sus vidas pendientes del hilo de la murmuración y el juicio popular, cuando obtienen una sentencia favorable, ya es demasiado tarde para poder recomponer su imagen anterior, fuera verdadera o falsa, y eso se traduce en verdaderos perjuicios de todo tipo, sin olvidar el económico, porque su caché baja a la misma velocidad que las actuaciones, los discos vendidos o la afluencia de público a sus respectivos espectáculos de la índole que fueren.
Andres Pajares y familia
                España es un Estado de Derecho y a la ley tenemos que someternos todos los ciudadanos, como en cualquier país civilizado, aunque los españoles tenemos excesiva propensión a interesarnos demasiado por las vidas ajenas, más allá de todo límite razonable y prudente para entrar a saco en intimidades que, por serlo, deberían seguir en el más estricto ámbito privado cerrado a las miradas ajenas y curiosas. Esta peligrosa afición al cotilleo de vidas ajenas siempre termina pasando factura a todos: profesionales de la información más o menos veraces que terminan siendo víctimas de la propia dinámica que les termina convirtiendo en sujetos de noticias y seguimiento por sus propios compañeros; famosos implicados  con los perjuicios consiguientes antes apuntados, y el propio público que termina siendo también fagocitado por esa fuerte tentación de ofrecer como mercancía bajo precio la propia intimidad, la vida personal y, junto con ello y por ser un terreno sumamente resbaladizo, la dignidad personal para conseguir un minuto de gloria –al que Andy Warhol se refería al decir que todos tienen derecho a gozarlo-, unos ingresos extras a costa de vender los detalles de su propia vida, sobre todo si ha tenido el excitante gozo de haber compartido una noche, un momento o es vecino de un famoso, famosillo o aspirante a serlo.
                Por eso, obtiene tanto éxito programas como Gran Hermano al que acuden miles de aspirantes a los distintos castings, para conseguir entrar en un programa que les dará notoriedad, dinero y sentirse “alguien” en sus vidas anodinas, a costa de mostrar su verdadera imagen, su intimidad no siempre atrayente ante las cámaras, aunque de dichas experiencias pocos salen indemnes y sí marcados de por vida y no siempre favorablemente, como han referido algunos de sus concursantes, porque cuando se baja el telón, se apagan las luces y se vuelve a la vida normal ya no se es capaz de volver al anonimato de la muchedumbre, al trabajo sin aspiraciones ni gusto, y pasar de nuevo a ser el mismo ser anodino, gris e ignorado por todo ese público que antes seguía sus actuaciones en el programa con la misma curiosidad con la que se contempla a unos animales en la jaula de un zoológico.
                El peligro de cosificar a las personas y convertirlas en meros objetos de espectáculo y negocio, es que el individuo pierde así su propia dignidad humana y el derecho a su propia imagen para convertirse en un “producto” manufacturado y vendido al mejor postor, según las crueles leyes del mercado y la demanda, y cuando el personaje sustituye a la persona entonces ésta desaparece y queda sólo una caricatura patética y desgarrada que se beneficia, aunque sólo  al principio, de esta mutación para darse cuenta, antes o después, que su verdadero yo, su propia identidad personal ha quedado ya para siempre unida a la imagen que otros han creado por servidumbre  del negocio y de lo que dicte la moda. Así, termina preguntándose ¿quién soy yo?, pregunta sin respuesta porque quien podría responderla, la opinión pública, hace tiempo que ha olvidado a ese rostro, a ese personaje circunstancial, y observa con igual curiosidad a otro espécimen de la extraña fauna de aspirantes a famosos o de quienes una vez lo fueron y cayeron del pedestal en el que estuvieron porque la expectación creada en torno a su figura, a su vida, real o imaginaria, quebró su imagen, dañándola para siempre y le dejó caer inerme porque ese juguete roto ya no le divertía.,